JULIETA VENEGAS Y EL ARTE DE REINVENTARSE

Un escenario dividido en dos mundos

La noche del viernes Monterrey fue testigo de una Julieta Venegas distinta y al mismo tiempo familiar: una artista que entiende perfectamente el peso de su historia, pero que se niega a permanecer inmóvil. La gira de Norteña llegó con una producción ambiciosa, una puesta en escena minuciosamente diseñada y la demostración de que, a estas alturas de su carrera, Venegas continúa expandiendo su lenguaje musical sin perder identidad.

Desde el inicio resultaba evidente que el escenario que Julieta Venegas había sido pensado para narrar algo más que canciones. Dividido en distintas secciones, presentaba dos universos complementarios: uno destinado a la intensidad sonora, ocupado por la batería y una poderosa sección de vientos; otro construido como una acogedora sala doméstica, con alfombra, lámparas, sillas y pasto artificial, reservado para los momentos más íntimos de la velada.

Norteña como concepto total

La sección de vientos terminó por convertirse en uno de los grandes protagonistas de la noche. Tuba, trompeta, clarinete y saxofón no funcionaban simplemente como acompañamiento: se apropiaban del espacio, envolvían el recinto y daban a las canciones una dimensión distinta. Había momentos donde la potencia era demoledora; en otros, revitalizante. Los nuevos arreglos encontraron ahí su mejor argumento.

Todo alrededor reforzaba el concepto de Norteña. Los sombreros texanos dominaban el puesto de mercancía oficial entre playeras, tazas y llaveros, mientras que buena parte del público —particularmente muchas mujeres— adoptaba esa misma estética. Incluso antes de comenzar, la música regional mexicana que sonaba en los parlantes preparaba el terreno para una experiencia cuidadosamente construida.

El oficio de dominar un escenario

Julieta Venegas dominó el escenario de lado a lado. Las tablas acumuladas durante años son visibles, pero más evidente resulta su capacidad para conectar. Posee ese raro equilibrio entre carisma, oficio y cercanía que le permite mantener al público atento incluso durante los momentos menos planeados, incluyendo algunas fallas técnicas que resolvió sin perder la sonrisa ni la buena vibra.

Hubo pequeños diálogos de parte de Julieta con su guitarrista que servían como puente hacia la siguiente canción, presentaciones individuales para cada músico —nombrándolos uno por uno— y una sensación permanente de calidez. La dinámica escénica también aportaba mucho: los músicos no permanecían inmóviles, cambiaban constantemente de posición dependiendo del tema y en varios momentos la sensación era más cercana a observar una obra teatral cuidadosamente coreografiada que a un concierto convencional.

Elegancia, cercanía y energía

La indumentaria de Julieta Venegas parecía reforzar esa dualidad entre elegancia y tradición: un overol blanco impecable acompañado por un sombrero texano que aparecía y desaparecía según lo exigía cada momento de la noche.

La energía desplegada fue notable. Gran parte del repertorio estuvo dedicado a Norteña, pero también hubo espacio suficiente para los temas emblemáticos que el público esperaba escuchar. Ahí ocurrió uno de los mayores aciertos del concierto: revestir canciones ampliamente conocidas con nuevos arreglos impulsados por los vientos, logrando que piezas familiares adquirieran una fuerza completamente distinta.

En esos momentos el recinto entero respondía. Las canciones eran coreadas con intensidad, cualquier comentario era celebrado y cada gesto encontraba eco inmediato. Julieta Venegas parecía disfrutarlo tanto como el público regiomontano, desbordando cariño y cercanía durante toda la presentación.

Reinventarse sin perder identidad

El letrero de entradas agotadas terminaba por confirmar algo que ya parecía evidente: Julieta Venegas ha dejado hace tiempo de pertenecer exclusivamente a un género. Se ha convertido en una figura central de la música mexicana contemporánea precisamente porque entiende que la permanencia no consiste en repetir fórmulas.

Norteña y su presentación en Monterrey fueron, en buena medida, una demostración de eso: de la capacidad de reinventarse sin parecer forzada, de derribar etiquetas sin perder esencia, de seguir escribiendo buenas canciones y, sobre todo, de seguir encontrando nuevas formas de emocionar.

Fotos Gustavo Garcia

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